
Pocas discusiones son tan apremiantes para Colombia como la que ha suscitado el proyecto de ley preparado por el gobierno de Juan Manuel Santos que pretende "regular la prestación del servicio público de la educación superior".
Discutir los múltiples extravíos del proyecto, sin embargo, sería redundar. Voces informadas de todos los sectores han denunciado su ineptitud para alcanzar los fines que promete y lo inconveniente que resultaría para la educación superior. Varios economistas, entre ellos Salomón Kalmanovitz (en esta columna) han señalado con cifras en la mano que si se convierte en ley, el proyecto del gobierno reduciría el presupuesto de educación superior como proporción de la riqueza nacional periódicamente hasta el año 2042, y que así "en 2022 el aporte de la Nación sería de 0,28% del PIB y de sólo 0,15% en el último año de la serie."*
Ayer, en una marcha pacífica, los estudiantes lograron una victoria importante al forzar al presidente Santos a retirar el proyecto de ley a cambio del levantamiento del paro. Hoy, los medios están rebosantes de columnas llenas de júbilo que halagan a los marchantes, celebran sus éxitos y anuncian el renacimiento del movimiento estudiantil.
Ricardo Silva Romero, una de las voces más sensatas y sensibles que se escuchan en los medios, ha escrito una columna en la que le sugiere a Juan Manuel Santos que "Un golpe a las Farc sería que el Presidente se sentara con los estudiantes a armar un mejor país."
Y tiene razón Ricardo. Las Farc se han alimentado ideológicamente, desde siempre, con esa premisa de que el estado Colombiano está cooptado por unas fuerzas oscuras que se oponen al progreso, que masacran a la oposición y que desoyen cualquier voz que tenga un cierto cariz social. ¿Qué mejor oportunidad que esta para que el presidente Santos acabe, de una vez, con ese tapujo ideológico y con la idea de que la democracia Colombiana es una democracia mentirosa?
Dicen los expertos que en el terreno de lo militar todavía queda mucho por andar. Que las Farc no están derrotadas y que el narcotráfico las ha enriquecido. ¿Pero qué hay de esa otra batalla, de esa otra pugna que se libra no en la selva sino en el tablero de ajedrez de las ideologías, en las sedes diplomáticas?
Que el presidente se sentara a hablar con los estudiantes, que los escuchara y que decidiera -armar- junto a ellos, como sugiere Ricardo, un modelo de educación superior que por fin dignifique la educación y la encumbre como un valor supremo, sería una forma de probarle a las Farc, a los estudiantes, a Colombia y al resto del mundo que nuestra democracia sí funciona y que a través de ella hay una vía al progreso.
No habría ya lugar para los tapujos ideológicos de las Farc. Esa otra batalla estaría ya ganada si el gobierno aprovechara esta oportunidad para demostrar que en los escenarios democráticos pacíficos, que en la gran arena de nuestra democracia se consiguen esas cosas tan importantes que la guerrilla no ha podido conseguir a través de las armas y la violencia. En un país en el que las ideas se escuchen y se debatan, en el que todos puedan participar pacíficamente en la discusión sobre la dirección a seguir, no caben matones profesionales que quieran imponer sus discursos manidos e hipócritas por la fuerza de las armas.
El problema de entrar tan apasionadamente a compartir este agitado zeitgeist, lleno de deseos y de sueños maravillosos casi a la mano, es que podemos descuidar ciertas cuestiones prácticas. Nadie estaría en desacuerdo con esos deseos que Ricardo Silva Romero lista tan elocuentemente en su columna. Es absolutamente necesario que usemos esta oportunidad para empujar al gobierno a una reforma educativa que logre "que los cupos se multipliquen, que la calidad por fin se eleve, que el aprendizaje deje de ser un privilegio, que los institutos tecnológicos alcancen la dignidad que tanto les falta y que los principios del buen gobierno se tomen el sector.**"
No desfallezcamos en ese intento. No lo negociemos. Exijámoslo. Que este sea el momento para decir que la educación es mucho más importante que la guerra y que esa prioridad debe reflejarse en el presupuesto.
La cuestión práctica que no se nos puede olvidar (a los sectores del centro más que nadie) es que resultaría irresponsable, por ahora, poner en marcha un nuevo modelo presupuestal que descuide uno de nuestros graves problemas: El problema de seguridad.
Es preocupante que en medio de la exaltación que produjo la victoria política de ayer en la marcha, se nos reduzca la realidad a una simplificación irresponsable, al maniqueísmo de siempre: O nos gastamos todo en educación, o nos gastamos todo en guerra.
Lo que debe concertarse, lo que debe discutirse abiertamente y con las cifras en la mano, es precisamente cómo podemos idear un presupuesto que nos permita materializar todas esas maravillosas aspiraciones en educación, pero que además nos permita ocuparnos de mantener la superioridad militar que los Colombianos sensatos detentamos sobre los que han elegido las armas, el crímen y la violencia.
Parece que por estos días el extremismo más extremo, la mayor rebeldía, es pararse en el centro. Pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que decir que la hoz y el martillo que ondean algunos de los marchantes son estandartes anacrónicos y aterradores. Que constituyen, precisamente, junto a las motosierras de los paramilitares, la simbología de nuestra tragedia. Que son como las iglesias de ese hermoso poema de Larkin: Construcciones que una vez entradas en desuso deberíamos evitar, por ser recordatorios de nuestra mala suerte.
Alguien debe decir, sin miedo a los epítetos de siempre (furibista, mamerto, godo...) que la Colombia de hoy se siente y es mucho más segura que la Colombia de hace ocho años y que una de nuestras prioridades, mientras los violentos sigan en su empeño, es mantenerla así. Nuestro presupuesto no puede ser un presupuesto que empobrezca nuestra educación, pero tampoco puede descuidar un hecho importante: Estamos ganando la guerra en la selva. Si bien es cierto que la victoria final no está cerca, debemos por lo menos asegurar la supremacía en las armas de la Colombia que está cansada de las Farc. Volver a la Colombia en la que Jojoy y sus secuaces masacraban y secuestraban a diestra y siniestra es impensable.
No podemos creernos ya, después de tanto tiempo, la mentira histórica de los apologetas de las Farc: "Que estas son un resultado de la inequidad y la injusticia social que ha propugnado históricamente el estado colombiano". Lo cierto es que sea cual sea la dirección que asumamos, sea cual sea el progreso que logremos, las Farc no desistirán de su guerra cruel.Y no desistirán porque su propuesta política es inexistente, porque lo suyo es precisamente la guerra, el narcotráfico, la rebeldía por la rebeldía, la violencia por la violencia.
Entonces que vengan los economistas, que vengan los tecnócratas, que se unan a los estudiantes, que todos participen, que haciendo a un lado los maniqueísmos concierten un presupuesto responsable y realista que nos permita dignificar nuestra educación superior sin cederles ni un milímetro a los violentos.
Javier Pimentel***
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Ayer, en una marcha pacífica, los estudiantes lograron una victoria importante al forzar al presidente Santos a retirar el proyecto de ley a cambio del levantamiento del paro. Hoy, los medios están rebosantes de columnas llenas de júbilo que halagan a los marchantes, celebran sus éxitos y anuncian el renacimiento del movimiento estudiantil.
Ricardo Silva Romero, una de las voces más sensatas y sensibles que se escuchan en los medios, ha escrito una columna en la que le sugiere a Juan Manuel Santos que "Un golpe a las Farc sería que el Presidente se sentara con los estudiantes a armar un mejor país."
Y tiene razón Ricardo. Las Farc se han alimentado ideológicamente, desde siempre, con esa premisa de que el estado Colombiano está cooptado por unas fuerzas oscuras que se oponen al progreso, que masacran a la oposición y que desoyen cualquier voz que tenga un cierto cariz social. ¿Qué mejor oportunidad que esta para que el presidente Santos acabe, de una vez, con ese tapujo ideológico y con la idea de que la democracia Colombiana es una democracia mentirosa?
Dicen los expertos que en el terreno de lo militar todavía queda mucho por andar. Que las Farc no están derrotadas y que el narcotráfico las ha enriquecido. ¿Pero qué hay de esa otra batalla, de esa otra pugna que se libra no en la selva sino en el tablero de ajedrez de las ideologías, en las sedes diplomáticas?
Que el presidente se sentara a hablar con los estudiantes, que los escuchara y que decidiera -armar- junto a ellos, como sugiere Ricardo, un modelo de educación superior que por fin dignifique la educación y la encumbre como un valor supremo, sería una forma de probarle a las Farc, a los estudiantes, a Colombia y al resto del mundo que nuestra democracia sí funciona y que a través de ella hay una vía al progreso.
No habría ya lugar para los tapujos ideológicos de las Farc. Esa otra batalla estaría ya ganada si el gobierno aprovechara esta oportunidad para demostrar que en los escenarios democráticos pacíficos, que en la gran arena de nuestra democracia se consiguen esas cosas tan importantes que la guerrilla no ha podido conseguir a través de las armas y la violencia. En un país en el que las ideas se escuchen y se debatan, en el que todos puedan participar pacíficamente en la discusión sobre la dirección a seguir, no caben matones profesionales que quieran imponer sus discursos manidos e hipócritas por la fuerza de las armas.
El problema de entrar tan apasionadamente a compartir este agitado zeitgeist, lleno de deseos y de sueños maravillosos casi a la mano, es que podemos descuidar ciertas cuestiones prácticas. Nadie estaría en desacuerdo con esos deseos que Ricardo Silva Romero lista tan elocuentemente en su columna. Es absolutamente necesario que usemos esta oportunidad para empujar al gobierno a una reforma educativa que logre "que los cupos se multipliquen, que la calidad por fin se eleve, que el aprendizaje deje de ser un privilegio, que los institutos tecnológicos alcancen la dignidad que tanto les falta y que los principios del buen gobierno se tomen el sector.**"
No desfallezcamos en ese intento. No lo negociemos. Exijámoslo. Que este sea el momento para decir que la educación es mucho más importante que la guerra y que esa prioridad debe reflejarse en el presupuesto.
La cuestión práctica que no se nos puede olvidar (a los sectores del centro más que nadie) es que resultaría irresponsable, por ahora, poner en marcha un nuevo modelo presupuestal que descuide uno de nuestros graves problemas: El problema de seguridad.
Es preocupante que en medio de la exaltación que produjo la victoria política de ayer en la marcha, se nos reduzca la realidad a una simplificación irresponsable, al maniqueísmo de siempre: O nos gastamos todo en educación, o nos gastamos todo en guerra.
Lo que debe concertarse, lo que debe discutirse abiertamente y con las cifras en la mano, es precisamente cómo podemos idear un presupuesto que nos permita materializar todas esas maravillosas aspiraciones en educación, pero que además nos permita ocuparnos de mantener la superioridad militar que los Colombianos sensatos detentamos sobre los que han elegido las armas, el crímen y la violencia.
Parece que por estos días el extremismo más extremo, la mayor rebeldía, es pararse en el centro. Pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que decir que la hoz y el martillo que ondean algunos de los marchantes son estandartes anacrónicos y aterradores. Que constituyen, precisamente, junto a las motosierras de los paramilitares, la simbología de nuestra tragedia. Que son como las iglesias de ese hermoso poema de Larkin: Construcciones que una vez entradas en desuso deberíamos evitar, por ser recordatorios de nuestra mala suerte.
Alguien debe decir, sin miedo a los epítetos de siempre (furibista, mamerto, godo...) que la Colombia de hoy se siente y es mucho más segura que la Colombia de hace ocho años y que una de nuestras prioridades, mientras los violentos sigan en su empeño, es mantenerla así. Nuestro presupuesto no puede ser un presupuesto que empobrezca nuestra educación, pero tampoco puede descuidar un hecho importante: Estamos ganando la guerra en la selva. Si bien es cierto que la victoria final no está cerca, debemos por lo menos asegurar la supremacía en las armas de la Colombia que está cansada de las Farc. Volver a la Colombia en la que Jojoy y sus secuaces masacraban y secuestraban a diestra y siniestra es impensable.
No podemos creernos ya, después de tanto tiempo, la mentira histórica de los apologetas de las Farc: "Que estas son un resultado de la inequidad y la injusticia social que ha propugnado históricamente el estado colombiano". Lo cierto es que sea cual sea la dirección que asumamos, sea cual sea el progreso que logremos, las Farc no desistirán de su guerra cruel.Y no desistirán porque su propuesta política es inexistente, porque lo suyo es precisamente la guerra, el narcotráfico, la rebeldía por la rebeldía, la violencia por la violencia.
Entonces que vengan los economistas, que vengan los tecnócratas, que se unan a los estudiantes, que todos participen, que haciendo a un lado los maniqueísmos concierten un presupuesto responsable y realista que nos permita dignificar nuestra educación superior sin cederles ni un milímetro a los violentos.
Javier Pimentel***
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* Jorge Armando Rodríguez, “Alternativas a la ley 30 y al proyecto de Santos de financiación de la educación superior pública”, CID, Universidad Nacional.
** Texto extraído literalmente de la columna de Ricardo Silva Romero publicada en el diario El Tiempo, disponible en: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/ricardosilvaromero/marcha-funebre_10744105-4
***Javier Pimentel es abogado de la Universidad de los Andes, Master of Law and Business (MLB) de Bucerius Law School y WHU Otto Beisheim School of Management y confudador de Claroscuro.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------***Javier Pimentel es abogado de la Universidad de los Andes, Master of Law and Business (MLB) de Bucerius Law School y WHU Otto Beisheim School of Management y confudador de Claroscuro.





