Por: Alejandro Gómez Dugand

“Ya el hombre era cadáver. Tres tiburones lo despedazaban. Mordían y zarandeaban para arrancar un trozo. Lo engullían entero y regresaban por más. GG no sabía que existían tiburones tan grandes y negros”


-Pedro Juan Gutiérrez

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Hay en el mundo al menos tres personas con el nombre de G. Green que vale la pena conocer. Uno nació en Inglaterra a principios del siglo pasado y murió en 1991. Este Mr. Green fue escritor, guionista, bipolar y tenía el genérico primer nombre de Henry. Su segundo nombre, con el que se dio a conocer en el universo literario, era Graham. Vivió sus últimos años en Suiza donde entabló una gran amistad con su vecino Charles Chaplin, a quien la muerte también tenía en su to do list. Antes de dejar este mundo, Green escribió una treintena de libros. Nuestro Hombre en la Habana es uno de ellos, y es sin duda una de esas novelas que se negaron a irse a la tumba con su autor.


Pero hay otros dos G. Green, que me conste, cuya historia vale la pena conocer. Ellos viven en un mismo lugar: la novela Nuestro GG en la Habana del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez (otro tipo con nombre genérico). Uno de estos G. Greens, o sólo GG (¿una cosa de cariño de Pedro Juan?), llega a la Habana buscando un nuevo comienzo, un nuevo aire dentro de esa Habana de finales del régimen de Batista, pero con lo que se encuentra es con el viento cargado de salitre y olor a manteca en cada esquina. GG no tiene problema con esto. Y menos problemas tiene para enamorarse de Superman, un colosal travesti negro capaz de eyacular a voluntad propia enfrente de un teatro atestado de espectadores. Este GG es uno de esos animalillos que plagan las páginas de las novelas anteriores de Gutiérrez, seres llevados al worst case scenario de sus vidas; personajes que vienen de una tradición literaria en la que Bukowski, Miller, Celine y Burroughs tatuaron sus nombres con tinta indeleble, para bien o para mal, y en la que Pedro Juan se inscribió con ese grupo de novelas que la crítica ha llamado “El ciclo de Centro Habana”. Alcohol, putas, juegos de azar… ya saben de que va la cosa.


Pero también es otro el GG que llega a la Habana luego de enterarse de que ha sido acusado de asesinato por las autoridades de La Isla. Un GG al que Pedro Juan (o PJ, entrados ya en cariños) obliga a jugar a ser aquel Henry Graham Green que murió entre visita y visita a Chaplin, y lo hace coloreándolo con la psicología del británico, poniendo en su boca palabras literales de Graham Green (o Henry, para sobrepasar eso de los cariños), contextualizándolo con citas literales de sus novelas y con preocupaciones inherentes a su producción literaria y, sobretodo, enfrentándolo a situaciones que pudo, ojo a la itálica, haber enfrentado el propio Graham Green.


¿Texto biográfico de alto valor periodístico este de Pedro Juan? No es importante. Lo que sí importa es que el Plot de esta novela es típico de una novela negra. Nuestro GG en La Habana se ve envuelto en un mundo lleno de agentes dobles, complots, cazadores de nazis y asesinatos increíbles. Una trama hecha de sorpresas, frases mentirosas y revelaciones que hacen que la mandíbula del lector busque el suelo mientras que el GG de Gutiérrez entra y sale, como lo hace un alfiler sobre una tela, de la historia real de Cuba y de la vida personal de Graham Green. Pero algo más sucede con la llegada de GG: en boca de su personaje, Gutiérrez hace una sesuda reflexión sobre el acto mismo de la escritura, sobre el dilema que acarrea el peligroso oficio de ser escritor, al de enfrentarse a una buena historia que puede llenarlo de dólares pero que astilla su integridad intelectual, moral o política (uno no quiere dejar que el hecho de que Pedro Juan sea cubano entre en juego, pero es difícil). Es así como Gutiérrez nos saca deliberadamente de su ciclo sucio de Centro Habana y nos transporta a un lugar en el que el alcohol, las putas y los juegos de azar no son la única arma de combate.


Y es que, en este esfuerzo tontarrón de poner en duda la unidad ontológica de todo el mundo, se me ocurre (¡párenme ya!) que hay también dos Pedro Juanes: uno es ese al que la crítica le acuñó el apelativo de “Bukowski del Caribe” y que se hizo espacio entre las mil y un imágenes de La Habana que inundan la literatura, para proponer la suya: Una Habana arbitrariamente intertextual puesta al servicio de una imagen rápida, acerada y descreída del mundo interno de sus historias. ¿Y qué hacemos entonces con este otro Pedro Juan que aparece en Nuestro GG? ¿Puede este Gutiérrez, acaso más maduro y sutil, existir bajo el rótulo de “Bukowski Caribeño”? Esta novela, no lo olvide nunca, es una novela de intrigas, de trampas literarias, de palabras que parecen decir algo pero que dicen lo contrario. Esta es una novela en que los nombres como GG no son de cariño sino nombres código; en que la estructura misma de la narración está al servicio de algo secreto, en la que cada párrafo es en sí mismo un doble agente. Esta novela, en su nivel más básico, es una efectiva historia de espías y de misterios. Decir más, al menos en una reseña, sería el equivalente de decirle que el asesino es el mayordomo, y creo que he estado a punto de hacerlo. cumplo con decirle que quien más secretos se guarda en esta historia es el mismo Pedro Juan, y que es a él a quien hay que poner bajo la lupa.












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