Por: Felipe Martínez

Ilustración: Tomáz Garzía

Como los tragos, no todos los hombres envejecen igual. Algunos logran mantener una dignidad que les confiere una sabiduría propia de un estandarte de la sociedad, y otros, al mejor estilo del aguardiente que se amarga en la nevera, terminan siendo el cuncho de tiempos mejores. Uno ve a Leonard Cohen, por poner un ejemplo, a la altura de sus 74 años manteniendo un porte que no fue afectado ni siquiera por el desfalco de su representante; uno lo ve intacto, regio. Hasta monje budista llegó a ser. Y luego, en un acto reflejo, uno voltea la vista hacia acá y pareciera como si todos los que fueron grandes músicos estuvieran en mora de ser enviados a un asilo de ancianos de esos en los que les cambian los pañales y les dan la compota con cucharitas de plástico.

Vamos de arriba hacia abajo. Encima está, claro, Charly García. Abajo, Dilson Díaz, de La Pestilencia (Word lo corrigió y puso Wilson, y casi lo dejo por mejorarle un poco la estética al nombre). Nadie se imaginaba que el entonces Carlos Alberto García, ese niño de 12 años que tocaba Mozart y Bach en su graduación de maestro de piano, iba a terminar con una impúdica obesidad mórbida y el pelo alisado con una plancha prestada por su vecina de piso. Algunos defendimos a Charly siempre, a capa y espada, agradeciéndole cada escupitajo que le hacía a la prensa, rogándole que saliera vivo de su próxima sobredosis y esperando la nueva canción con ansias. Pero en el camino algo pasó. Charly se hizo viejo, pero no se dio cuenta. Se curó de su adicción, recuperó la decencia, se volvió abuelo. Ya rehabilitado, ahora pasea su senectud por los escenarios de Latinoamérica sin ningún pudor. Solo esperamos que algún día recaiga. Los psiquiátricos están tristes.

El problema de nuestros rockeros es que desde su nacimiento han hecho cosas de viejos. Todos los grupos de rock en español se han despedido cuatro veces de su fanaticada, han vuelto a unirse con nuevo nombre y han cambiado de disquera (los que han llegado a tenerla, claro. ¿Quién se atrevía a producir a un grupo llamado Doctor Jet? ¿Quién es tan bruto de producir a un grupo llamado Doctor Krápula?), todo en el módico plazo de seis meses. Un experto en el tema es el metrosexual del parche, ese gaucho de pestañina que es Gustavo Cerati. Dicen que el sombrero texano con el que tocó hace dos años en Bogotá se lo regaló Enrique Bunbury, pero lo que les diga es mentira. Dejaré de lado la crítica literaria y la incapacidad de Cerati para escribir, y me centraré en las delicias que ha hecho en menos de diez años. Se separó de Soda Stereo en el 98, grabó como tres discos solista, y en 2007 se volvió a unir con sus antiguos compañeros. En ese lapso, subió 15 kilos, se le duplicó el ego y fue haciéndose más y más incomprensible. Buena, Gus, las sigues teniendo locas.

Y así, la vejez los ha jodido a todos. El hueco entre los dientes de Saúl Hernández (Caifanes y Jaguares) se hace cada vez más grande; ya hasta alcanza a sostener entre ellos la harmónica. Fito Páez ha perdido el sueño y en sus insomnios le ha dado por grabar discos enteros de él solo con su piano. Bunbury tiene ganas de volver a unir –por tercera o cuarta o quinta vez –a los Héroes del silencio, pero Juan Valdivia, el guitarrista, le dijo que no se podía porque el parkinson le impedía pintarse las uñas y que así él no salía a tocar nada. Entre paquetes de Tena y colostomías, va envejeciendo nuestro rock.

No quería hablar del rock nacional, por la simple razón de que tal cosa no existe. Sería muy triste que nuestro rock se cifrara en Elkin Ramírez, el de Kraken, con su eterno parecido a Ricardo Montaner. Pero hay algo que decir: mientras Charly sigue dando conciertos, Cerati grabando discos, Fito hace películas y Sabina escribe poesía, acá César López regala escopetarras, Andrés Cepeda agota dos tarros de Sedal cada vez que se baña, Dilson Díaz toca en los premios Shock y la gran promesa de los 90 compone versos como “A Dios le pido que si me muero sea de amor”. A todos ellos les mando un beso en la frente y arrópense bien porque a esa edad el menor chiflón puede ser mortal.





You can leave a response, or trackback from your own site.

3 Response to "La vejez del rock en español"

  1. Neck Said,

    Muy bueno tu artículo, muy punsante y agudo. Pueda que tengas razón, nuestros rockers envejecieron, y unos de muy mala manera. Aunque el problema no es de ellos, sino de los nuevos valores que no salen ni los veo por ningun lado.

    ¿Donde están los nuevos Charly García, los Nuevos Héroes, Los nuevos Jaguares? No los hay.

    Saludos

    http://neck.vox.com/

    Posted on 10 de noviembre de 2009 16:21

     
  2. Anónimo Said,

    Que bueno que halla gente critica que aporte frente a temas de interés común. Estoy seguro de que vas a ser parte de la literatura nacional de orgullo.

    Posted on 22 de noviembre de 2009 15:33

     
  3. Anónimo Said,

    Si se vivio como rockero, se debe asumir como tal. Rockero que se respete muere de sobredosis antes de los 30. El problema es que los cagaron ahora informandoles que no podian excederse con el lsd, ni mezclar la ketamina con el jack, y sobretodo que el puerco es nocivisisisimo para la salud.
    Entonces se cortaron el pelo, se compraron una vila con un dalai lama de mayordomo. Siembran su propia lechuga y producen cerveza de malta.

    Propongo un congreso de despedida entre los viejos del sur y del norte.
    Dilson Diaz peliandole a Frrancis Black que el aguardiente es mejor que el jack.
    Iggy pop dandose en la geta con charly.

    Posted on 22 de noviembre de 2009 18:13

     

¿A cual de estas actividades le dedica más tiempo cuando navega en Internet?

Suscríbase a Través de Facebook