Por: Leonardo Torres

Hace poco escuché la información. Empresas aéreas han solicitado a los constructores de aviones un estudio acerca de la posibilidad de suprimir las sillas en las cabinas de pasajeros con el fin de abaratar los costos haciéndonos viajar de pie (en el universo despiadado de la competencia aérea no existen pequeñas economías). No quiero, sin embargo, imaginar un aterrizaje en Bogotá, un día venteado, a manos de uno de esos pilotos capaces de convertirlo en un rodeo. Pese a todo, deberíamos observar esta evolución como un signo más de la democratización del viaje aéreo. Y aceptarlo.

Hace poco escuché la información. Empresas aéreas han solicitado a los constructores de aviones un estudio acerca de la posibilidad de suprimir las sillas en las cabinas de pasajeros con el fin de abaratar los costos haciéndonos viajar de pie (en el universo despiadado de la competencia aérea no existen pequeñas economías). No quiero, sin embargo, imaginar un aterrizaje en Bogotá, un día venteado, a manos de uno de esos pilotos capaces de convertirlo en un rodeo. Pese a todo, deberíamos observar esta evolución como un signo más de la democratización del viaje aéreo. Y aceptarlo.
Viajar por avión, hoy día, puede ser más barato que viajar por tren o por bus. Los tiempos prehistóricos en que sólo los empresarios y ejecutivos, las familias adineradas y los artistas internacionales tomaban el avión resultan casi inverosímiles. Las azafatas ya no son lo que eran (incluso se casan y tienen hijos), los pilotos no gozan del prestigio de otras épocas (hacen huelgas incluso, y las Rayban ya se consiguen en el mundo entero). Además, han desaparecido tantas cosas del interior de los aviones que pronto se parecerán a los autobuses, los cuales, paradójicamente, en un proceso inversamente proporcional, tratan de imitar la idea del confort desarrollada en otros tiempos por las compañías aéreas (en México, por ejemplo, hay guapas y minifaldudas azafatas en las líneas de lujo intermunicipales, quienes distribuyen cocacola y maní-moto a los pasajeros).
Cuando me vine para este lado del océano, hace ya veintitantos años, en un vuelo triste de Air France, nos distribuyeron junto con la cobijita de lana una trusa de baño con pantuflas, tapaojos, un cepillo de dientes, una maquinilla de afeitar, dentífrico, crema de afeitar e incluso un par de tapones para los oídos. Como buen colombiano que soy me lo guardé todo. Todavía anda por ahí rodando la bolsa dentro de alguna maleta llena de recuerdos.
Hoy, en cambio, no dan sino la cobija y los audífonos que las azafatas se precipitan a recuperar y a contar dos horas antes del aterrizaje. La comida es cada vez peor, los cubiertos todos de plástico. La colación ha dejado de existir en todos los vuelos de menos de tres horas, en los cuales todo se paga. En contrapartida, ya casi todo el mundo puede tomar un avión. Basta con ver la fauna que se reúne en un aeropuerto internacional como el de París : Mientras unos se relajan en las zonas exclusivas reservadas a los VIP, otros llevan a cuestas los coloridos costales de plástico característicos de los países africanos, que unas horas después echarán, sin contemplaciones, en la parrilla de una ‘chiva’, al borde del Sahara. La diferencia con los buses, donde no se encuentra un rico ni para un remedio, es que ricos y pobres viajan en la misma carlinga, separados apenas por una cortinita, pero no cabe duda, los aviones son autobuses que van por el cielo, ni más ni menos. Les voy a dar dos ejemplos :
Hace poco, en un vuelo entre París y México, a un amigo le sacaron del morral su celular último modelo mientras dormía. ¡Qué tiempos! Ya hasta carteristas avispados cruzan el océano. Así que imagínense lo que será cuando viajemos de pie, apretujados unos contra otros como en un trasmilenio a las siete de la mañana, las señoras aferradas a sus bolsos, y los señores con la mano en el pecho verificando si todavía tienen la billetera. Todo lo anterior amenizado con vacíos y aterrizajes con viento de cola. Hasta me imagino el letrerito: « cuidado, carteristas a bordo ».
En Japón (país de vanguardia) una compañía ha decidido pedirles a los pasajeros que desocupen la vejiga antes de embarcar. Imagino que pronto, para abaratar los costos, suprimirán los sanitarios a bordo. Claro, doscientas vejigas vacías permiten, por lo menos, subir dos pasajeros más.
De pie, sobra decirlo.
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